
La calle llamaba a gritos, gritos grises a lo lejos se escuchaban, temblaba, todo se nublaba. Más de cinco llantos en aquella madrugada se escuchaban, llantos que sangraban, llantos que listos en la vuelta de la esquina me esperaban. Buscaba alguna solución, mas ninguna a mi cabeza trastornada llegaba, debió haber sido el efecto de tanta marihuana que cada noche fumaba o el alcohol que su perfume barato contenía. Algo difusa mi visión en aquel momento se encontraba, solo veía sombras, sombras que me asechaban, como se abalanzaban sobre mi espalda y cara, me cubrían del mismo gris opaco sucio que cubría la Avenida 24.
Sabía que esa noche algo intenso ocurriría, no es que lo que se acaba de relatar sea algo de cotidianidad, pero algo sumamente diferente, alucinante y magnifico, algo que ni en sueños aparecería ni en la imaginación del más ilustre escritor. Es por eso que me quede sentada en la vereda, los autos a esa hora pasaban a 180 kilómetros por hora (mi reloj contiene velocímetro), gente “muerta” por el alcohol se destrozaba a las cinco de la mañana, era un horrible panorama, pero tenia la esperanza de que algo ocurriría, algo que cambiaria mi rumbo… y espere, espere… espere hasta las 00.01 del día siguiente, mas nada ocurrió, me desvanecí en llanto, nuevamente tembló, ahora gritos me esperaban a la vuelta de la esquina… pero lo peor es que nada ocurrió, nada… solo era esperanza perdida, tiempo perdido, falsa ilusión. Pero… que equivocada estoy, eso fue lo que ocurrió, tenia que vivir eso… lo se, lo supe luego, era necesario. Y luego dormí, dormí, días enteros, dormí porque aprendí lo que en meses no me permití admitir.



